Crónica: Rolling Stones en Barcelona.

Esta crónica podría llamarse el relato del sempiterno concierto de despedida que, después de 25 años desde que empezó el rumor, sigue sin cumplirse. Aunque lo cierto es que este sí que podría serlo, si no es último, probablemente si será el último con los cuatro carismáticos componentes en unas facultades interpretativas que estén a un nivel acorde de lo que marca el precio de la entrada (es decir, alto).



Los Rolling Stones llevan años sin hacer un disco notable, en las últimas dos décadas las grandes canciones que se sacaron de la manga probablemente se cuentan con el dedo de una mano, pero lo que hizo esta gente entre 1965 y 1981 es tan jodidamente grande que el resto queda en un segundo plano y siguen llenando estadios allá por donde van. Si bien es cierto que la media de edad de sus conciertos es más elevada que en otros macroconciertos de rock como AC/DC o Guns n’ Roses, pero eso no quita que tres generaciones de amantes de la música guitarrera se junten para rendir homenaje y culto a una banda que compuso algunos de los mayores hits de la historia de la música.

Era mi segunda vez con la banda después de Madrid 2014, y estuve a un palmo de no ir, pero ahí volvemos al primer párrafo ¿y si no vuelven? ¿Y si nunca voy a volver a poder escuchar “Gimme Shelter”, “Honky Tonk Woman” o “Start Me Up” (3 de mis canciones favoritas de la historia) nunca más? Así que volví a caer en el embrujo y solté la virutilla, que no era poca, para poder volver a estar al lado de Jagger, Richards y compañía. Mención aparte para el precio escandaloso tanto del Filter Pit como de las gradas más cercanas al escenario, el primero ya no debería ni existir, el rock n’ roll es pasarse 7 horas haciendo cola si quieres estar tocando el escenario con la mano, y pagar 300 € por una entrada de grada ya me parece una auténtica tomadura de pelo, espero que esto de la burbuja de precios en eventos musicales no acabe por hacer de esta pasión otro hobby de ricos.

Los aledaños del Estadi Olimpic empezaban a coger gran color cuando llegué unas 3 horas antes de la apertura de las puertas, aunque es verdad que la ubicación de las colas era cuanto menos extraña ya que tenías que irte a decimonoveno anfiteatro para empezar a pasar el primero de los tropencientos controles de seguridad, creo que no tuve que enseñar la entrada tantas veces en mi vida para entrar a un recinto, mucha crítica también con el hecho de no dejar pasar bolsos de más de x tamaño y ni siquiera comida, cuando vi que me tiraban una tableta de chocolate a la basura pensé que algo se estaba yendo de las manos con el tema.

Y después de esperar unas cuantas horas, con actuación de los Zigarros entre medias (no sonaban mal pero los 45 minutos de show me parecieron la misma canción, el mismo riff y la misma melodía vocal, y estos tíos ya telonearon a AC/DC en 2010, por lo que deduzco que el manager es el puto amo) todo se tiñó de rojo mientras sonaba la percusión de “Sympathy for the Devil”, la primera vez en su historia que empiezan con esta canción y la verdad es que tenía curiosidad por ver como salía la apuesta y juraría que me gusta más en otras partes del concierto, lo de hacerla en frío (tanto ellos como el público) le hizo perder magia, sigo siendo de los que piensan que hay que empezar con un cañonazo guitarrero que te vuele la cabeza. Le siguieron otro dúo mágico que ya empezaban a sonar como estaba escrito en el guión, “It’s Only Rock n’ Roll” y “Tumbling Dice”, dos clasicazos de los 70 que empezaron a meter a la gente en ambiente.

Aquí ya empiezo a notar que Mick Jagger y Ron Wood están en un estado de forma tremendo pero a Keith Richards le están pesando más los años, con la guitarra se le nota menos ágil y las posturas de antaño quedan relegadas a momentos puntuales, sabe que dos horas de concierto son muchas y tiene que ir midiendo las fuerzas, aunque todo eso lo compense con carisma, porque es el puto Keith Richards, joder. De Charlie Watts ya poco voy a hablar, a nivel de batería cumple, a nivel carismático siempre fue un tío tímido amante del jazz que de puta casualidad acabó en una de las bandas de rock más grandes de la historia, así sin comerlo ni beberlo, y si, si por él fuera estaban todos en su casa disfrutando de su pasta y que le den a las giras, vamos no me hace falta ni preguntárselo, pero las presiones externas son grandes y ahí sigue, moviendo las baquetas delante de 50.000 personas sin hacer ni un puto gesto de 'rockstar' en todo el tour.

Las siguientes en caer son dos de las versiones de su último disco de blues que pasan sin pena ni gloria y, si ya de por si el público fue bastante soso, en estas el 60% del estadio estaba subiendo sus fotos al instagram. “Under my Thumb” y “Rocks Off” fueron dos joyazas que no me esperaba y que disfruté como un enano, no solo de hits vive el hombre, aunque a mi alrededor había gente que no se las sabía pero vamos, de no escucharlas ni una puta vez en su vida, que están en su derecho, mientras paguen su entrada no tengo nada que decirle.

Después de esto el concierto pegó el acelerón. Empezó lo realmente bueno justo en el momento que todos nos pusimos a cantar el estribillo de “You Can’t Always Get What You Want” como si no hubiera un mañana, la gente empezó a subir decibelios, ellos empezaron estar más rodados y, si encima te sueltan “Paint It Black” y “Honky Tonk Woman” de carrerilla, pues no puedes hacer nada más que bailar, saltar, aplaudir y dar gracias de estar viendo aquello. Llegó el momento Keith Richards a la voz con “Happy” que mantuvo las buenas vibraciones y “Slipping Away” que me gusta pero no era el momento, fue un frenazo de golpe innecesario para todos menos para Mick Jagger que debía estar tragándose 2 botellas de oxígeno para coger fuerzas para la recta final apoteósica que queda.

Con el hit disco rock “Miss You” (menudo solazo de bajo de Darryl Jones) volvimos a encender el motor y no volvió a apagarse, “Midnight Rambler” fue una excusa para montarse una jam digna de un pub de mala muerte de blues en medio de una carretera perdida de USA, aquí Ron Wood directamente hizo lo que le salió del miembro, menudos guitarrazos se marco el bueno de Ronnie, y es una canción que en estudio no me gusta gran cosa pero aquí la disfruté al máximo. Y quedaba la traca final, las canciones que se sabe hasta un indígena que vive en medio la selva, las que canta todo el recinto, las que hacen que los grupos llenen un estadio, esas que muchos dirán que están quemadas de tanto radiarlas, pero es que la cosa era un escándalo: “Street Fighting Man/Start Me Up/Brown Sugar/Jumpin’ Jack Flash/Gimme Shelter/Satisfaction”. Ya las narro como si fuera ente único y no por separado porque fue media hora apoteósica, me dejé la garganta, las palmas y las piernas en este sexteto mágico, ese en el que pensé "menos mal que compré la entrada", y en el que también pensé si por un casual no es la última vez. Probablemente en la siguiente también estaré, aunque lo niegue y diga que no, estaré…

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